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13 de Enero, 2006


eva tormo, argentina

"Hundido el viento en la garganta se estrecha y empuja, empuja y me da vuelta. Y estoy así, mirándome la nuca es lo que veo: no mi piel sino un llano rosado, loma clara. Y en el tumulto, el cabello espeso, enmarañado, que se mueve al ritmo del respirar; cadencia de nocheaire que todo lo convierte en suave trama, donde dormir, segura."

 libro aún inédito "Sombra de Juncos"

Por lobitogabriel - 13 de Enero, 2006, 16:01, Categoría: poesia
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ulises varsovia, chile

Ahora que cae la lluvia

 

Ahora que cae la lluvia,

ahora que otra vez el agua canta,

quiero escuchar de ti,

rapsoda otoñal,

joven de niebla y castaños

apareciendo y desapareciendo

entre las mudas figuras

de mayo vegetal, en la floresta,

 

quiero oir de ti

la tempestad de besos sin rumbo,

el océano de sueños

donde tu náufrago corazón

vagó, llamó, tendió los brazos,

pobló de gritos la noche implacable.

 

Dime ahora su nombre

que las hojas muriendo escucharon,

repite sus sílabas candentes

emergiendo de tu voz estremecida,

canta otra vez tu agónica endecha,

tu rapsodia por negros pájaros picoteada.

 

(Regresa también en otoño

su figura que la niebla desdibuja,

sus ojos se abren en el sueño

como una flor de acérrimos perfumes

cuyos pétalos caen al agua, temblando).

 

Más acerba que los sueños,

más radical que el olvido

es la llaga del amor

que atraviesa el corazón y el tiempo.

 

Al elixir de unos labios,

al aroma de una piel de eximio polen

cae la sed y desata su conjuro,

apaga en delirio su fuego sublime.

 

Pero de las cenizas

se levanta otra vez la ansiedad,

se yergue la insaciable sed

con un dedo señalando al tiempo:

un cuerpo cuyo temblor vegetal

fue respirado en el bosque, a gritos,

una boca que en la húmeda corteza

se ocultó, desorientando labios.

 

Y ahora que cae la lluvia,

ahora que las hojas

devuelven su delgada existencia al humus,

regresa también su cabellera obscura,

su voz que se enredó

en el follaje de los sueños.

 

Por eso, joven rapsoda

que el otoño aplacó en su desgaste,

aciago amante de agónico estro,

dime su nombre que las hojas supieron,

repite sus sílabas indestructibles.

Por lobitogabriel - 13 de Enero, 2006, 15:52, Categoría: poesia
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manuel lozano, argentina

LA APARIENCIA DEL PAN

 

Se tiembla siempre, incluso de aquello mismo

                                                      que ha sido hallado.

                                                                                   Pascal, Discours sur les passions

                                                      de l´amour

                                                                        A Fernando Beltrán

¿Qué devoción te consagra frente a los piadosos?

Soñé con El y enardecía su cabeza

desde el lenguaje inconcebible (sin trampas ni cautivos ni sílabas),

azotado por la purísima tempestad,

la inevitable araña del hartazgo

más acá de nubes, de pinzas y de hierros,

corrompiendo tu precaria pena

hasta donde llegan los ojos.

Ven en mí con el decoro atribulado del desertor

que lleva en sus espaldas la esquiva catedral llena de perras.

¿Qué llaga admirable gime en el costado de mi imperfección?

Fuiste arrojado por la boca que ve.

¿Por qué testimoniabas con desechos de tus padres y hermanos

al posible, enano morador de esa lujuria?

¿Es que tal vez había para mí una casa hundida

en el barro elemental de la pantera y el arce?

¿Nunca una casa para mí, un velador del infierno?

Allí no, allí no estaban nunca los hospedados de su insomnio,

adláteres en ascensión a la fiebre, pluma entre las piedras.

¡Pero qué quieres hacer muerte mía!

Y dije que hubo un soplo de sol agrietando los designios,

pero nadie escuchó.

El miedo -que abstrae y que somete-

subía por la carne amenazada.

¿Qué nieve perpleja sobre las rotaciones de esta opulencia futura?

Enmascarado en un terrón de incalculable soledad,

él te pidió inocentes para la desgracia,

exhibió, inexpugnable, agujeros de dolor en estos nichos

descendiendo como espuma hacia el lugar en que estás

caído hacia adentro y a oscuras.

Las glicinas me recuerdan, me suceden, me envenenan.

¿Y es éste el viento que desaparece

donde alguna vez dibujó el amor como el blanco relámpago

sobre los rizos dorados en la boca litúrgica?

Ladrón, cuenta los días: resquebrájate.

Pobres las manos que no encuentran las flores.

Pobre el marchito que viaja sin cesar entre magnolias.

Ni siquiera un albergue, ni la gota de lacre

adherida al mantel de los difuntos.

¿Qué se somete a la firme transfiguración

del supliciado por la noche?

¿Hasta aquí llegó el olor de tu hijo,

la suma insobornable de las tribus de Thot debajo de la luna?

Era en cuarto creciente y sobre tu cabeza.

 

                                                   

MANUEL LOZANO

París, 23-XII-1996- (del libro “Bizancio bajo las aguas”)

Por lobitogabriel - 13 de Enero, 2006, 15:49, Categoría: poesia
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manuel lozano, argentina

JORGE AMADO, MARES Y JARDÍN DE IEMANJÁ

 

                                                  

                                               -¡Mira, cuántos flagelados!

                                                                                Jorge Amado, Suor

 

 

                                                                                   El mar es dulce amigo.

                                                                                                              J.A., Mar Morto

 

 

                               Ahora empezamos, empezaremos a vislumbrar esa ausencia de los que deciden irse, de los que cumplieron la suma exacta de sus pasos por el mundo, de los que alcanzan ese otro mar que acaso sea más vasto y luminoso que cualquier océano visto por los hombres desde el principio. Porque Jorge Amado está rozando un nuevo nacimiento: aquél que consagra a los que cruzan la definitiva orilla a otras "tierras del sin fin", aquél que nos ofrece -revelándonos-  la perdurable respuesta, la siempre insondable frente al cerco de la sombra.

                               Amado fue desde el comienzo un "saveiro", una gran alma pescadora como un Ojo Inmenso de Alegorías que ensanchaba su percepción de ese Brasil-Continente en espantos y prodigios.  Es que ese Inmenso Ojo "jamás se disfrazaba" en sus libros, como supo repetirme, creía estar allí esfinge móvil cada vez, mezclándose con pordioseros y reinas negras (esas prostitutas errantes), con sílabas antiguas y oraciones profanas (tal vez toda oración lo es), con la humana construcción de una violenta memoria en un tiempo violento. ¿De qué otra manera puede refractarse la memoria sino en espejos cóncavos?

                               Porque él fue un testigo en el sentido más pleno del vocablo, aquel que ve con la mirada que sabe mirar. Desde los viejos tiempos de una infancia en la hacienda Auricidia de su padre, donde nació, en Ilhéus, asistió al duelo, por entonces verdaderamente insoluble, del cacao: trabajadores y fazendeiros que nutrirían su segundo libro. Empezaba también el descenso hacia  un país feudal inscrito en los sinuosos laberintos carcelarios de una parte del mundo anclada entre la selva y la miseria: catábasis palpitante, mantos sombríos, vendas para exhumar.

                               No hablaré de etapas en su obra, palabra tan cara a los periodistas y profesores de literatura. ¿Cómo establecer fronteras en un Drummond de Andrade o en una Simone de Beauvoir, o en Caravaggio y Georges de La Tour, para ir aún más lejos en el tiempo, o en el mismo Amado? Pero ya los pésimos profesores se afanan en encontrar el primer trazo de la segunda etapa, la ruptura con el realismo vernáculo, o cómo la construcción picaresca de determinados personajes sucedió, en él, a la desnuda crítica social de El país del carnaval, Sudor, Mar Muerto o Tienda de los milagros. ¿Acaso no nos recordaba Marcel Schwob, en sus Vies imaginaires, que "el arte no clasifica, desclasifica"?

 

                               Tal vez la secretísima "misión" de un escritor sea, in extremis, revelar el rostro no menos secreto de una verdad. Desde los primeros borradores y cuadernos,

se escribe para esa verdad, aun con el aullido y la desesperación. Escribo misión, por cierto, ajeno a toda connotación utilitarista. El camino de la paradoja es el camino de la verdad -sostenía Oscar Wilde-. Para probar la verdad de las cosas hay que verlas en la cuerda floja.  Cuando las verdades se hacen acróbatas, entonces podemos juzgarlas, concluía el irlandés.

                        En Amado la verdad, su verdad, se llamó Cidade do Salvador da Bahia de Todos os Santos. Así le gustaba llamarla. Encontró una ciudad que refundaría como un contra-conquistador: Una Babelia para el éxtasis. Un país de libertad para el deslumbramiento.

 

                               "Ahora quiero contar las historias de la ribera del muelle de Bahía.

Los marineros viejos que remiendan velas, los patrones de saveiros, los negros tatuados, los malevos, saben de estas historias y estas canciones. Yo las escuché en noches de luna en el muelle del Mercado, en las ferias, en los pequeños puertos de la Cintura, junto a los enormes buques suecos en los puertos de Ilhéus. El pueblo de Iemanjá tiene mucho que contar.

                            Vengo de escuchar estas historias y estas canciones. Vengo de oír la historia de Guma y Livia, que es la historia de la vida y del amor en el mar. Y si no les parece hermosa, la culpa no es de los hombres rudos que la cuentan. Es que la escucharán por boca de un hombre de tierra, y difícilmente un hombre de tierra entiende del corazón de la gente de mar. Aunque este hombre ame esas historias y esas canciones y vaya a las fiestas de Janaína, aún así, no conoce todos los secretos del mar. Porque el mar es tan misterioso que ni los viejos marineros lo entienden."

                              

                               Mi primer encuentro con Jorge Amado y Zélia Gattai sucedió en tierra, pero cerca del Mediterráneo, y a principios del invierno español de 1993, provincia adentro de Málaga. Los almendros florecían en esos silentes pueblos andaluces, a la vera de la ruta, en el mismo interior de los patios ensimismados. Naranjas pequeñas y agrias caían sobre las calles de piedra. Acababa yo de ganar una beca del Ministerio de Asuntos Sociales para compartir el Primer Foro: Literatura y Compromiso, junto a escritores como Ana María Matute, Wole Soyinka, Juan José Arreola, José Saramago, Juan Goytisolo y un simpático pero tímido Edwar Al-Kharrat, venido desde el Egipto copto. Entre ellos estaba,  también , Jorge Amado.

                               No sé por qué le pregunté, me acuerdo, ese mismo día, sobre su mirada acerca de la muerte. Me contestó en un tono grave "que los años le habían cambiado la percepción de la muerte, y que ésta (embaucadora fue la palabra que usó), ya lo tenía despreocupado." Ahora "la esperaba tranquilo, con la mayor de las alegrías". "Ya puedo prever sus antifaces", agregó riendo. Un intenso y maravillado de la vida no podía contestar sino de esta manera.

                      ...Hacíamos caminatas juntos a las ruinas de un castillo, a unos pocos kilómetros de Mollina. Amado no cesaba de hablar: el comunismo, la presunta desaparición de las ideologías, la desertificación creciente del planeta, el llamado "pensamiento débil" y la postmodernidad,  el umbanda versus el candomblé, que él definía, curiosamente, "como la religión del porvenir", cada plato y cada olor de Bahía, los contrastes culturales entre los países de latinoamérica, las raíces comunes

 

de la Bossa, el jazz y el tango, las primeras tribus africanas en Brasil,  nada parecía escapársele a ese venerable anciano tan joven.

                               A fines de 1999 lo visité en esa inmensa casona del populoso barrio de Rio Vermelho, en Bahía, antigua zona de veraneo y hoy increíblemente ruidosa, cerca de la mítica iglesia de Santa Ana. Traspuesto el jardín, eran otros los rumores que habitaban esas paredes. Los rumores se volvían voces de presentes y ausentes en una

orgía dionísiaca como sólo Amado podía entretejer con palabras. Sentado a una  larga mesa, o hamacándose en un resquebrajado sillón de madera oscura que alguna vez hospedara a Sartre, el viejo hedonista provocaba e incitaba los trabajos de una vida fulgurante.

                     No me pregunten por qué, al despedirme, miré por unos momentos el suntuoso jardín. Hoy leo que sus cenizas fueron dispersadas allí.  Ahora ese  jardín es un mar.

 

 

Manuel Lozano

Buenos Aires, agosto de 2001

Por lobitogabriel - 13 de Enero, 2006, 15:46, Categoría: lecturas
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diego ferrero, argentina

paredes sin dormir

quemados quedamos frente a la franqueza

la misma penitente película aburrida 

el cuerpo del delito ofreciendo café

ni llueve ni hay clima de luna

todo está agachado  

mierda de fin de semana

apaleado por los rincones

ritos de la derrota

control remoto para las ganas de matar  

 

 

c Diego M. Ferrero

Por lobitogabriel - 13 de Enero, 2006, 15:42, Categoría: poesia
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diego ferrero, argentina

creo que ya no amo, pero siento

y lo admito sobrio de edad y tiempo

 

aunque nada seguro

pues todo cae inerte

 

vivo esperando la contraorden que diga:

“Te equivocas, y pagarás caro tu resentimiento”

 

qué difícil es amar sin vendarse los ojos

 

sin escupir verdades falsas

que luego harán de los años sacos rotos

 

qué difícil es el camino si se camina

 

tan difícil como darse cuenta del amor

cuando falta todo

 

 c Diego M. Ferrero

Por lobitogabriel - 13 de Enero, 2006, 15:36, Categoría: poesia
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wilson armas castro, uruguay

El perro suicida

 Wilson Armas Castro

Jamás pensé que podría haber perros suicidas. Pero el caso es que existen, por lo menos existió un perro del que fui dueño y que se  suicidó en la casa de mi amigo Américo. Había oído decir que hay ballenas que se suicidan colectivamente por razones desconocidas por el hombre, como  también ocurre con el zángano de un enjambre que, una vez que fecundó a la reina, muere después del acto; aunque esta muerte vendría a ser un suicidio decretado por la naturaleza. Jamás imaginé que un perro se suicidara. Claro, en este caso, el suicidio ocurrió por la falta de previsión perruna aunque, digamos  en definitiva, se mató  por estúpido.

   Entre mis conocidos, Américo fue un excelente amigo, un tanto excéntrico, que  me ofreció cambiar su  perro por el mío. A ojosvista el canje era un despropósito: un ovejero alemán de seis meses, por el que Américo acababa de pagar una suma considerable, me proponía cambiarlo, pelo a pelo, por mi perro; un perro viejo ordinario, atigrado, grandote y zanguango, que para lo único que servía era  para ladrar. De entrada me pareció que el amigo se mofaba. Pero no era así. No se podía establecer una comparación; era desproporcionada la diferencia de calidad y raza entre los dos animales.

-¿Y para qué sirve un perro si no es para ladrar?- me  contestó muy serio después de escuchar  mi argumentación disuasiva.

-Usted tendrá razón -le respondí-. Pero  no  me convence.

-Tómelo como usted quiera: yo necesito su perro. Perros ladradores como el suyo no se consiguen fácilmente.

Me dejó sin habla. La testarudez de Américo es invencible. Me acababa de decir que había hecho construir una casa de dos plantas, en un barrio que no le merecía mucha confianza. Ha poco de estar viviendo allí descubrió que merodeaban  “chorros”, oportunistas, y tenía miedo de ser víctima de un robo. Él se dedicaba a la fonoaudiología y en su gabinete de estudio tenía aparatos muy valiosos: una buena biblioteca técnica, grabadores de alta fidelidad y utensilios sofisticados. Por otra parte, hacía relativamente poco tiempo que se había casado y su esposa, muy joven,  pasaba muchas horas del día completamente sola. Ella no era miedosa, pero él era precavido. Llegué a la conclusión que sus razones no me convencían totalmente, pero luego de una serie de conjeturas que barajé intrigado, le pregunté:

-Dígame, Américo, en definitiva: ¿cual es la razón por la que quiere cambiar su perro si los dos son perros?

-Pero es obvio, mi amigo: el mío no ladra pero el suyo sí –me  respondió con un dejo de tristeza-. El suyo ladra hasta por deporte y el mío será mudo hasta el fin de sus días.

-Bueno, usted sabe lo que hace.

-Y usted también, ¿no es así?

   Miré a mi mujer que asistía al pacto, impávida, sin entender, como yo,  la terminante decisión del amigo. Con una mirada  por demás significativa me dio su asentimiento sin pronunciar palabra.

-Al fin y al cabo, usted sale ganando. Porque mi perro es de raza y el suyo es marca perro ¿me entiende? Su perro piojoso me sirve. Un perro debe ser guardián. ¿Y cómo es guardián?: ladrando. Aunque perro que ladra no muerde. Y yo no lo quiero para que muerda  lo quiero  para que me avise quién viene.

   Fue tan convincente  esta vez su argumento y tan rotunda la afirmación de mi amigo, que acepté restregándome las manos con satisfacción.

   Mi  perro, El Tigre, no tenía ni pinta ni prosapia. El dueño anterior de mi casa me lo había dejado de herencia, así, como una prenda tirada, sin valor y con desgano. Cuando Américo llegó esa noche en el coche de Fernando, un amigo de ambos y vimos al cachorro, lo comparamos  como si fuera –valga  la comparación ofensiva-  un pobre “comparsa” del Solís contratado por chirolas para aplaudir a alguien de estima universal -Marcel Marceau o  Barrault-; o una pobre prostituta de La Unión, con  alguna  copetuda de cabaret fino. En fin, no encontraba la figura retórica más adecuada para pintar las diferencias abismales que existían entre ese ovejero alemán, pelo largo de color champán, peinadito, acicalado como niño bien, que dejaba la impresión que lo traían de una peluquería de damas. Compararlo  con el mío, un esperpento en cuerpo presente, no sólo daba risa sino más bien rabia.

   Impertérrito, sin movérsele un pelo de arrepentimiento, Américo  poco menos grita: “Eureka, lo hallé.”

   Inmediatamente, al juntarse los canes comenzaron los escarceos: debían conocerse perrunamente y diríase que tanto el ovejero alemán como mi descastado Tigre, intuyeron sus respectivos destinos. Se olieron  debajo de la cola, dieron varias vueltas de reconocimiento mutuo y se miraron sin mirarse: en tácito acuerdo, salieron al patio y cada uno utilizó un tronco de árbol bien fresco para levantar la pata. Un poema verlos respetarse como dos caballeros en una pedana.

   Cuando quedamos solos, a mi mujer se le llenaron los ojos de lágrimas. Nuestro Tigre viajando en automóvil  mientras que el cachorro alemán, apocado, irresoluto, sin saber qué hacer, nos miraba con ansias. Traté de consolar a Elena, diciéndole que al fin y al cabo la cosa no era tan tremenda como para ponerse así, que si ella  sentía el vacío de ausencia, yo, por lo contrario, estaba loco de la vida: había ganado un platal  con   ese perro. En consecuencia, podría venderlo, llegado el caso, en unos cuantos dólares. Claro, ella me reprochó la falta de afecto, mi pragmatismo grosero que pasaba por arriba lo más sublime que existe en las relaciones humanas: el afecto, el amor. Quedábamos con un perro desconocido dentro del hogar. Y era cierto. El ovejero alemán parecía un visitante de etiqueta, un “petit metre”, o algo así, que exigía una atención especial de los nuevos dueños para mover, como un regalo, displicentemente  la cola, como si  nosotros tuviéramos la obligación de rendirle pleitesía por su empinada  extirpe perruna. No sé, algo nos pasaba;  nos sentíamos constreñidos al notar esa indiferencia ofensiva y petulante de un advenedizo. No sé si debo decir en forma pública, que mi mujer entró en un estado depresivo muy serio, preocupante; y yo me sentía avergonzado de ser el responsable de semejante situación.

   Como todo pasa en la vida, a la semana, mi mujer se recuperó y le afloró nuevamente  la alegría de vivir.  Recuperó su jovial talante,  que por otra parte yo envidiaba y, paulatinamente, la alegría se instaló de nuevo  en el hogar.  La fábrica metalúrgica en donde yo trabajaba, sólo distaba  doscientos metros de mi casa, de modo que el descanso del mediodía me rendía, me recostaba una hora, echarme un sueñito y regresaba a la oficina fresquito como una lechuga.

   Ese día, no sé por qué, entré a mi casa preocupado, sin motivo aparente y encontré a mi señora en medio de una desolación desconcertante. No tenía preparada la mesa, como de costumbre: permanecía  en la cama en estado cataléptico.

-¿Qué te pasa?- le pregunté afligido.

-          Nada, –me contestó muy compungida.

-No, acá algo pasa…

   Silencio.

   Me aliviané de ropas, traté de mantenerme calmo y me acerqué a la cama nuevamente.

-¡Decime la verdad: ¿qué te  pasa? ¿Algún familiar enfermo o algo por el estilo?

   Nada. Otra vez silencio.

-¡Vamos, no seas tonta, hablá de una vez!

-Estoy disgustada con Pepito –me respondió con un hilo de voz entrecortado. Habíamos bautizado al ovejero  con el nombre de Pepito, un nombre que nos pareció adecuado a su abolengo y presencia pitucona.

-¡No me digas que te enojaste con el perro! –le corté.

-No es para menos. -Se incorporó un poco, se limpió la nariz y me confesó muy lánguida.

-Estaba terminando de cocinar y se me ocurrió entonar algunos compases de la Marsellesa...

-¿Y?

-¡Y me largó un tremendo ladrido, este asqueroso!

-¡Loado sea el Señor! ¡Ladró, por fin!

- No seas estúpido, Pedro  –me cortó furiosa-. ¡No te parece que es un  agravio que este perro maricón se mofe de mí?

   No sé cómo pude aguantar la risa. Almorcé como un franciscano, deglutiendo parsimoniosamente las papas hervidas, mientras reflexionaba sobre la intemperancia tragicómica de mi mujer.  Gracias a Dios terminé el almuerzo sin que se hubiese armado la de San Quintín, como con frecuencia se armaba.

   Fui a trabajar con el ánimo liberado, con una sonrisa insinuada dentro del pecho, porque al fin y al cabo, al susto lo troqué por un chiste. Durante la tarde pensé en cómo podía hacerle partícipe a Américo de este formidable acontecimiento inesperado. “Invito a mi mujer a visitar a  Américo en su casa” – me dije- Le llevaríamos la nueva de  su ovejero alemán y  de paso conoceríamos su nueva casa. Armé pacientemente toda una estrategia mental para no descalabrar el ánimo de mi mujer ofendida cuando le comunicara mi proyecto.

   Sonó la bocina de  salida y llegué a casa como perro  con la cola entre las patas, zorreando, a la espera de enfrentarme con el cuadro de la Dolorosa.

 -Sabés –me dijo mi mujer no bien me vio-. Tenés razón: lo más  importante es que haya ladrado Pepito. Al fin y al cabo no debo poner el acento en esa estupidez: él no tiene cultivado el gusto estético.

-¡Qué alegría! –exclamé con toda la voz que tengo- ¿Por qué no nos vamos a la casa de Américo a darle la noticia? –largué en seguida aprovechando la virazón del viento norte.

   Mi mujer acababa de experimentar uno de sus repentinismos catastróficos  de  humor: mi adorable mujercita no me sorprendió pero me evitó el penoso proceso del convencimiento. Me descolocaba, sin embargo…

-¡Un momento! –gritó de pronto.  Me puso su mano sobre el pecho impidiéndome continuar-. ¡Que no se le ocurra, ahora, a tu amigo, querer  cambiar este precioso ovejero por El Tigre, ese ordinario! -Y me sacudió su dedo índice en la cara-. No se lo permitas, no se te ocurra. Ahora Pepito  es nuestro.

-Que ni lo piense -le dije categórico-.  Por otra parte, Américo ha de estar loco de la vida con él. Ha de  ladrarle hasta por los codos y estará chocho con el ladrido de ese ordinario.

   Apresuradamente tomamos unos mates y nos fuimos a la parada del ómnibus. Dentro del coche seguimos haciendo cálculos  sobre la alegría que le causaría la noticia. En fin, -pensé- cada uno de nosotros tendríamos un perro: útil para nosotros, ladrador para él.

   A la postre, su inversión no fue un fracaso ni cosa que se le parezca; hicimos solamente un cambio de raza: él tenía nuestro perro ladrador y nosotros el suyo, que, por fortuna carecía de oído cultivado y le ladró a mi mujer cuando pretendió entonar la Marsellesa. ¡Qué embromar! Y, sí, claro, El Tigre es un señor guardián.

   Llegamos a la casa entre dos luces. Una hermosa casa de dos plantas, toda blanca, almenada como los castillos medievales, con un amplio jardín al frente, una fuente murmuradora y demás chiches.

   Toqué timbre discretamente. Esperamos. Insistí. Esta vez me afirmé largo y profundo sobre el botón. El amigo tenía que encontrarse en su casa: los jueves no daba clases en el liceo.

   Al cabo de un instante oímos ruido dentro y la puerta de calle comenzó a abrirse, perezosa y  rezongona.

-Somos los amigos de Américo, los que le cambiamos el perro…

-¡Ah, sí, mucho gusto. Américo me ha hablado de ustedes, viejos y  buenos  amigos … Pero pasen, siéntense.

-¿Está el amigo? -le pregunté, para no estirar demasiado el preámbulo.

-Claro, sí, está; está allí arriba, en su escritorio. Un momento, voy a llamarlo.

-¿No  está ocupado…?

-No, no… Lo llamo. ¡Américo querido! Tenés visitas. Bajá –lo llamó con un tono de entrecasa–. Está un poco disgustado, ¿saben?

   Nos miramos con mi mujer, conjeturando algún lío de  pareja. Mantuvimos silencio por un momento. Cuando oímos sus pasos nos paramos.

-¡Hola, Américo! ¿Qué tal. Como anda?

   Su aspecto no delataba un buen estado anímico. No era el amigo animoso, enérgico y dicharachero.

-Buenas –pronunció. Casi no lo oímos.

   Nos miramos.

-¿Pasa algo, Américo?

-Sí, una desgracia, una verdadera desgracia me acaba de suceder.

   Con la mirada al piso, su voz de bajo sonaba ahora  como una nota rota.

- Una calamidad…  Acaba de suicidarse…  - dijo al fin.

-¿Quién?

-El Tigre.  Un acto de valentía…-Y volvió a inmutarse.

-A ver, a ver: cuente, cuente cómo fue la cosa.

-No tengo fuerzas, no puedo… -dijo, y se retiró a su escritorio como  derrotado.

   Miré perplejo a mi mujer, en el mismo momento que ella  lo hacía para interrogarme.

-Pero, ¡diablos! ¿Cómo pudo suceder semejante cosa?

   La señora, también contrita por solidaridad, nos miró, a la vez que se nos aproximó, y nos dijo: -No se imaginan el golpe que está soportando…

-¿Sí? Cuéntenos por favor. ¿Cómo pasó todo?.

-Hace apenas dos horas, el cartero llamó. El Tigre que siempre estaba alerta, al escuchar el timbre, desde su lugar, en un ángulo de la azotea, emprendió la carrera hacia la puerta y no se dio cuenta que estaba en un segundo piso, a veinte metros de altura. No se detuvo ante el murito y siguió la carrera… Flotó en el aire, y cayó, entero, sobre la fuente de cemento. ¡Pobrecito! Se hizo una plasta. Cuando llegamos al lugar del accidente, el cartero, no salía de su asombro;  sólo vio pasar arriba suyo un perro volador. El hombre nos miraba interrogante, estupefacto. Tal vez pensando que hubiésemos sido nosotros los culpables del suceso. Américo quedó mudo y yo otro tanto, al verlo  hecho pomada. Pero el cartero se encolerizó y comenzó a gritar como un energúmeno: -¡Perro de mierda! Si me hubiera aplastado, a ustedes los demando por inconscientes! ¡Qué se piensan!

-¡Cuánto lo lamentamos, señora! –Veíamos su congoja-. Los acompañamos  en el sentimiento. Un perro que se quiere y es tan útil.

-Gracias, muchas gracias –nos dijo, enjugándose una lágrima-. Américo, cuando se repuso del impacto, -siguió la señora-,  pensó en comunicarles la  ingrata noticia. En realidad es un drama entre amigos.

-No quisiéramos estar en vuestro caso, señora…

-Por favor no me diga señora. Llámeme por mi nombre familiar: “Pepita”

-Bien, si, claro, Pepita. Me pareció inoportuno decirle que a su ovejero alemán lo habíamos bautizado Pepito.

-Nos imaginamos el dolor -seguí tragando saliva-; bueno, nosotros, sin prever el suceso, veníamos con otra  noticia algo distinta.

-Díganmela, por favor -.

-Pepito. -(Ahora sí venía bien decirle el nuevo nombre) -. Pepito comenzó a ladrar, Pepita; sí, ladra igual que El Tigre.

-Ladraba. Ahora ya no… -su voz se entrecortó después de un  ahogado gemido.

-Tenga resignación Pepita. Transmítale a Américo nuestro pesar profundo.

-Gracias, muchas gracias, queridos amigos. No esperaba otra cosa de ustedes. Pero, escúchenme bien. Estoy pensado…

-¡Ah, no! –cortó mi mujer-. ¡Vendérselo, no! ¡Ahora no! ¡Es nuestro..!  ¡Pepito es nuestro!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por lobitogabriel - 13 de Enero, 2006, 15:33, Categoría: cuento
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aldo defilippo, uruguay

Pequeñas cosas a tener en cuenta

 

Wilson Armas Castro

 “Cuando nos posesionamos en el territorio de lo imaginativo y nos  ubicamos en el mundo de los sueños, parece que queremos jugar a la uruguaya, con la garra  charrúa, para ponernos en situación de invencibles. No nos damos cuenta que  los tiempos del despiste no tienen lugar y seguir en esta tesitura es perder el tiempo que debe utilizarse para planificar  cosas concretas”.

   Con la última palabra dicha por el disertante desconocido, Francisco apagó el  aparato. Sorbió el mate, que esta vez estaba empezado con mezcla de yerbas medicinales y yerba brasileña de la buena, y extendió la mirada hacia su quinta maltrecha.

  Le había chocado eso de -»queremos jugar a la uruguaya»- pero, en ese momento no  encontró una explicación mejor para contrarrestar la suspicacia del disertante, y siguió con su mate, mirando los yuyos. La sequía se hacía notar aun en el pequeño predio de su jardín y pensó en el formidable presente griego que le preparaba el azar al nuevo presidente electo.

- Es una pena -se dijo-  la economía anda mal y el viento se le va a poner de proa. Pero...

   En la gran pajarera revoloteaban casi cien pájaros atrapados en el espacio enorme de su celda. «Hasta el lorito Pepe está preso» -pensó -. «Es un tipo macanudo este Pepito: repite lo que le dicen que repita y no se gasta en elucubrar nada personal». Pero es feliz, vive como un rey con su buche lleno de papilla que Francisco le prepara. “¡Si uno pudiera cambiarse de reino, volverse lorito!”, pensó con cierto desdén, entre sarcástico y convencido de que el cambio quizá lo convertiría en un hombre mejor. Por lo menos distinto. Si se  convirtiese en un loro se operaría en él un cambio formidable.  Sería una prueba, medio de locos, digo de loros, pero tendría una experiencia inédita. No conocía, al menos no había leído hasta la fecha, que hubiese un hombre-loro o un loro-hombre. Un hombre-loro, sí, por supuesto, con cuerpo de hombre; es decir, un hombre sin plumas. Sería de lo más divertido que hubiese uno. ¡Eso es, un hombre-loro, un ser humano con la mente de loro, pero con cuerpo de hombre!

-Son cosas de loco pensar en transformarme en loro -se dijo Francisco e, inmediatamente, cambió de pensamiento y sorbió su mate frío y lavado.  La idea siguió su curso y al cabo de algunas semanas de acunar esa luz mala en su cerebro, se le instaló como una  mancha voraz y le empezó a carcomer  las partes más útiles de su materia pensante. Toda una tragedia. Menuda sorpresa experimentó cuando la idea acabó de instalársele definitivamente en todo su ser. ¡Fue cuando se dio cuenta que estaba convertido en un loro, con plumas y pico y patas y cola de loro! ¡Qué horror! Sin embargo su conciencia funcionaba intacta, humana, y como hombre seguía siendo Francisco.

-Esto no funciona bien -se dijo un día-. Para ser un loro verdadero tendré que convertirme realmente en un bicharraco verde, gritón y pegajoso.

   Trató de alejarse de esos pensamientos de loco y pasar otra vez a funcionar como un hombre normal. No era muy agradable sentirse  loro, es decir, parloteando y repitiendo  siempre incongruencias, como por ejemplo: «¡Qué rica la papa!» «¡Pase, pase usted! ¡Entre, que yo tengo tiempo!» Y cosas por el estilo; verdaderamente disparatado todo este lío, tanto o más dislocado que la paparrucha de los políticos.

   Francisco, al principio, sintió un poco de miedo al considerar factible el cambio definitivo. Pero luego se retractó por lo descabellado de la idea. Al fin, después de tantas vueltas, no la vio tan sinsentido: la idea era realmente interesante. ¡Quién pudiera transformarse de buenas a primeras, metamorfosearse sin sufrimientos en un hermoso loro, sin llegar a ser Samsa, convertirse en loro de verdad!

   Pasaron algunos meses sin que Francisco abandonara la idea definitivamente y de tanto estrujarse el seso, se le fue haciendo  carne la transformación. Ya no podía pensar ni discernir nada, ni hablar ni caminar, sino encarnado definitivamente en loro: la transformación fue su meta. 

   Estaba convencido definitivamente de las bondades del cambio. «¿Pero...? ¡No tengo aspecto de loro!»  -se dijo - «¡Sigo con mi figura humana!»  Y se miró al espejo. «¿Cómo hago?»

   Cuando se dio cuenta que no era tan fácil trasformarse en pájaro, cayó de muerte en un estado depresivo. Deseaba y no podía alejarse de esa idea funesta,  y comenzar a vivir como dios manda, como un hombre. Se levantaba temprano, escuchaba los informativos, leía alguna cosita en el diario, tomaba mate, siempre con algún yuyito metido en la yerba brasilera, y a veces, pretendía cantar pero no afinaba  ni recordaba las viejas letras  de tangos tan queridos, y terminaba por cerrar el pico como si fuera un pájaro viejo. Iba al boliche y casi no tenía compañeros de copas con quienes charlar. En fin, había que pasar el día lo menos aburrido posible y, a veces, trataba de cantar algún pedazo de “Mi noche triste”, el único tango guardado con cariño en su memoria.

   Hasta que una mañana despertó decidido a convertirse en loro, fuere como fuere.

Su primera experiencia fue  la de instalarse en la rama de su  de su frondoso sauce, confundiéndose con el verde tierno de las hojas. ¡Qué  magistral esa transformación! Le pareció que podría ver sin ser ubicado fácilmente y  observar al detalle los movimientos de sus vecinos.

   Y comenzó a  actuar  como un loro. «¡Miracolo!» -se dijo - y, por primera vez pronunció algunas palabras como loro, sin dejar su apariencia de hombre.

-¡Miracolo! -volvió a repetir. Entonces, cayó en la cuenta que, algunos hombres hablaban  en otros idiomas como lo estaba haciendo él, sin saber el significado de lo que decía. Y siguió ensayando gorjeos y escalas cromáticas y cosas por el estilo, inventando  sonidos y ruidos sin sentido con muchísima facilidad. Era de ver cómo le brotaban fluidamente. «¡Qué bueno es esto!»  –se dijo al darse cuenta del efectivo impacto que producía en los escuchas extasiados.

- ”Of course”, “demain je te aimèrè toujour, mon cherie”,  “ochienxapaxo”, “buona sera”. Y el loro, es decir, Francisco, seguía descubriendo palabras sin sentido pero que sonaban muy bien desconociendo el significado de las mismas. «¡Esto es maravilloso! ¡Todo el mundo me escucha! ¡Puedo  embaucar a  cualquiera que crea en mí. Me hago pasar  por poligloto y científico!»

- “La recta es la menor distancia entre dos puntos”,” M2= E x T”, bla,bla,bla,,....

   Al loro Francisco se le volvió el campo orégano y se fue inflando como un sapo sin encontrar a nadie que le dijera que estaba macaneando. Parloteaba al aire cuanto quería, imaginándose que tenía público escucha. Y el infatuado seguía y siguió por  muchísimos años vomitando fórmulas de física cuántica, teoremas matemáticos y postulados filosóficos pos-modernos, hipótesis y premisas supuestamente verificables.

- “RIC-REC-RIC-REC” -escupió el pajarraco.

- «¡Hombre, - se dijo - nadie sabe más que yo», y  quedó a la espera de una réplica. Pero, como en un país de ciegos un tuerto es rey, no temió por su integridad sapiensal: nadie podía objetarle nada. Vivió muchísimos años instalado en su verde ramaje, muy feliz, convertido en un loro parlanchín imparable, odiado por algunos, pero admirado por la inmensa mayoría de seguidores  incondicionales de su machacona locura licenciosa.

 

Por lobitogabriel - 13 de Enero, 2006, 15:30, Categoría: cuento
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guaranies, seleccion literaria. Vicente Brunetti, paraguay

Breve nota introductoria

 

            Dado el interés del amigo Gabriel Impaglione de incorporar la literatura y la poesía de los pueblos originarios del continente americano, en próximas ediciones de la e-Revista Literaria Isla Negra, hicimos una pequeña selección de literatura, como muestra de la cosmovisión guaraní.

            Los fragmentos de los principales textos míticos de los pueblos originarios del Paraguay, corresponden a una presentación consolidada con las versiones provenientes de los libros:

 

Þ    Las Culturas Condenadas, de Augusto Roa Bastos (Compilación e introducción), publicado por Siglo XXI Colección América Nuestra, México, 1980.

 

Þ    Literatura Guaraní del Paraguay, Rubén Bareiro Saguier (Compilación, prólogo, estudios introductorios, notas y cronología), publicado por la Biblioteca Ayacucho. Caracas, 1980.

 

            Ambos autores, Roa y Bareiro, transcriben partes del Ayvú Rapytá, de León Cadogan, quien recopiló los textos míticos de los Mbyá-Guaraní, asentados en el Departamento del Guairá, Paraguay.

 

Capítulo I

(fragmento)

 

Las primitivas costumbres del colibrí

(Versión mbyá-guaraní)

 

I

 

Nuestro Padre último-último primero

para su propio cuerpo creó de las

tinieblas primigenias.

 

II

 

Las divinas plantas de los pies,

el pequeño asiento redondo,

en medio de las tinieblas primigenias

los creó, en el curso de su evolución.

 

III

 

El reflejo de la divina sabiduría

el divino oye-lo-todo

las divinas palmas de la mano

con la vara insignia,

las divinas palmas de las manos

con las ramas floridas,

las creó Ñamanduï, en el curso de

su evolución,

en medio de las tinieblas primigenias.

 

IV

 

De la divina coronilla excelsa las

flores del adorno de plumas eran

gotas de rocío.

Por entre medio de las flores del

divino adorno de plumas

el pájaro primigenio, el Colibrí,

volaba, revoloteando.

 

Capítulo II

(fragmento)

 

I

 

El Fundamento del Lenguaje Humano

(Versión mbyá-guaraní)

 

El verdadero Padre Ñamandú, el Primero,

de una pequeña porción de su propia divinidad,

de la sabiduría contenida en su propia divinidad

y en virtud de su sabiduría creadora

hizo que se engendrasen llamas y tenue neblina.

 

II

 

Habiéndose erguido (asumido la forma humana),

de la sabiduría contenida en su propia divinidad,

y en virtud de su sabiduría creadora,

concibió el origen del lenguaje humano.

De la sabiduría contenida en su propia divinidad,

y en virtud de su sabiduría creadora

creó nuestro Padre el fundamento del lenguaje humano e hizo que formara

parte de su propia divinidad.

Antes de existir la tierra,

en medio de las tinieblas primigenias,

antes de tenerse conocimiento de las cosas,

creó aquello que sería el fundamento del lenguaje humano (o: el fundamento del futuro lenguaje humano) e hizo el verdadero Primer Padre Ñamandú

que formara parte de su propia divinidad.

 

III

 

Habiendo concebido el origen del futuro lenguaje humano,

de la sabiduría contenida en su propia divinidad,

y en virtud de su sabiduría creadora concibió el fundamento del amor (al prójimo).

Antes de existir la tierra,

en medio de las tinieblas primigenias,

antes de tenerse conocimiento de las cosas,

y en virtud de su sabiduría creadora el origen del amor (al prójimo) lo

concibió.

 

IV

 

Habiendo creado el fundamento del lenguaje humano,

habiendo creado una pequeña porción de amor,

de la sabiduría contenida en su propia divinidad,

y en virtud de su sabiduría creadora

el origen de un solo himno sagrado lo creó en su soledad.

Antes de existir la tierra

en medio de las tinieblas originarias,

antes de conocerse las cosas el origen de un himno sagrado lo creó en su

soledad (para sí mismo).

 

V

 

Habiendo creado, en su soledad,

el fundamento del lenguaje humano;

habiendo creado, en su soledad,

una pequeña porción de amor;

habiendo creado, en su soledad,

un corto himno sagrado,

reflexionó profundamente

sobre quién hacer partícipe

del fundamento del lenguaje humano;

sobre quién hacer partícipe

del pequeño amor (al prójimo);

sobre quién hacer partícipe

de las series de palabras que componían el himno sagrado.

Habiendo reflexionado profundamente,

de la sabiduría contenida en su propia divinidad,

y en virtud de su sabiduría creadora

creó a quienes serían compañeros de su divinidad.

Por lobitogabriel - 13 de Enero, 2006, 14:53, Categoría: poesia
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caros tata herrara, argentina

CON PABLO EN ISLA NEGRA (*)

                          

 

Restauran tu casa. Un haz de memorias no acuerdan.

 

Uno Dice:

          "No. No estaba ahí

 

          "esa botella que figura una sirena... Recuerdo

 

          "que la luz apenas le rozaba la cintura...

 

          "una luz lenta..."

 

    Otro:

          "Debe estar el caballo

 

          "más cerca de la puerta. Pablo fabulaba que lo       

                                                      montaría

 

          "perdiéndose mar adentro, escapando de visitas

 

          "machaconas lloviznas de invierno."

 

 

               ¡Cuánto han crecido los árboles

 

               durante tu ausencia! Te ocupas en medir,

 

               -ahora puedes-, el avance de raíces

 

               por la roca, en la tierra exigua de Isla Negra.

 

               Cubren tus orejas caracolas.

 

               Dispones mar serena en las tormentas.

 

               Tus pasos paquidérmicos transitan

 

               fríos corredores. Te apena la visión

 

               de esa cama que recuerda tus ardores.

 

               Tañendo un cencerro cabrero,

 

               convocas a la mesa. Se te inunda el alma

 

               en vino tinto, espeso.

 

 

Entraré boquiabierto al palacio

 

del porque-sí, del se-me-canta, por ver

 

los grandes senos de los mascarones

 

conmoviendo un aire yerto.

 

Recorrerán tus ojos palmo a palmo

 

el cerco donde por tu boca,

 

los enamorados funden besos. Si salen a buscarte,

 

encontrarán una espuma de sal sobre la arena.

 

Rodarás a los fogones para ofrendar a los pobres

 

en papas tu cabeza.

 

               Te pido que me hospedes

 

               termita temerosa en el madero

 

               del botín tamaño como mueble,

 

               polilla entre polillas en la grupa de cartón

 

               de tu caballo, para charlar contigo

 

               sobre el ombligo de la noche,

 

               en el filo de navajas del silencio.

 

 

Nuestras pequeñas traiciones

 

te infligirán vergüenza ajena.

 

Dirás sereno:

 

              "El sílice furioso

 

              "de mi mano, ya no golpea

 

              "el rostro disgregado de los tiranos.

 

              "Inmerecido favor les hice

 

              "tejiéndoles mortaja con mis manos.-

 

 

(*) "Con Pablo en Isla Negra", daba apertura a la cantata  homónima que con textos de mi autoría, y música de José    Luis Bollea (Pro Música de Rosario) para coro, pequeño conjunto de cámara y  cantantes solistas, que  se estrenara en el Centro Simón  Bolívar de Neuquén, el 23 de Junio de 1.991.-

 

 

         CARLOS H.”TATA” HERRERA

 

Por lobitogabriel - 13 de Enero, 2006, 14:46, Categoría: poesia
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